Me apena decir que nunca había leído Pedro Páramo de Juan Rulfo, no sé por qué razón mi profesor de Literatura del Americano no nos hizo leerlo en la prepa y no me lo topé nunca en el librerito pequeñito que teníamos en casa de mis padres (teníamos, eso sí, enciclopedias que consultábamos para hacer la tarea, libros de arte, algunos libros de Herman Hesse, Fausto de Goethe, una edición viejísima del cascanueces con unos dibujos extraordinarios y cuentos de los hermanos Grimm y de otros).
En la UNAM sí que tenía que leerlo en la materia de Literatura hispanoamericana, pero nunca lo leí, rogando a las fuerzas del cosmos que la adorable profesora Cristina Mújica no preguntara nada sobre él en el exámen final. Ahora por fin lo leo con una admiración profunda, con miedo, como si el mismo libro fuera un animal vivo que puede picarte y hasta provocarte la muerte y esto me hizo recordar cuando vivía en el piso de mi hermano en el D.F. y que leí la Odisea. Era invierno y el departamento estaba en el último piso de un edificio que aunque no era muy alto estaba muy por arriba del Parque hundido, que se podia ver perfectamente desde la terraza, porque estaba justo debajo, y eso permitía que unos vientos bien fríos penetraran las ventanas e hicieran ruidos. Me iba a dormir con el libro y si estaba sola me daba un miedo terrible, esos monstruos y esas historias ficticias cobraban vida de la palabra provocando reacciones más reales que la realidad.
La madrugada fue apagando mis recuerdos, oía de vez en cuando el sonido de las palabras, y notaba la diferencia. Porque las palabras que había oído hasta entonces, hasta entonces lo supe, no tenían ningún sentido, no sonaban; se sentían; pero sin sonido como las que se oyen durante los sueños.