

Desde hace un mes estoy leyendo dos libros, Ernesto Guevara también conocido como el Che de Paco Ignacio Taibo II y La danza de la realidad de Alejandro Jodorowski. (A decir verdad llevo más bien como dos meses leyendo ambos libros y no he podido acabarlos porque estando en Puebla me dedico a ver muchísima tele, muchísimas películas geniales de Fellini, Hitchcock, Bergman, Allen, Fasbinder, etc.)
Al leer dos libros siento que en mi cabeza se mezclan las historias como una amalgama de colores tipo plastilina de niño de kinder. El Che era un viajero incansable y Jodorowsky también lo fue -o lo es-; esta característica en común ha reforzado las similitudes que encuentro entre los dos personajes de América del Sur -uno argentino y el otro chileno. Ambos iban en busca de ellos mismos y llegaron a ser sueños -y no sólo a tenerlos. El Che, un médico que desde pequeño sufre terribles ataques de asma, llega no sólo a escalar el Popocatépetl en México y a visitar Machu Picchu en Perú, sino que se embarca en llevar a cabo la Revolución cubana y continúa su lucha por la liberación de otros pueblos.
Jodorowski, después de nacer en Tocopilla, un pequeño pueblo de Chile donde se siente extraño a todo por ser de una familia judía, además de ser gordito, comienza a hacer poesía, se une a compañías de teatro y trabaja su cuerpo al punto de entrenar en pantomima, viaja a Paris, trabaja con Marcel Marceau, llega a México, se enamora del país, produce más de 100 obras de teatro, vuelve a Paris, y finalmente se embarca en la conquista de los sueños a través de la meditación y más tarde con la psicomagia, con el fin de lograr la curación del alma suya y de otros muchos más -!entre ellos yo!
Estos hombres, profundamente idealistas, tienen una similitud más: una sonrisa confiada en la posibilidad de transformar lo que llamamos "realidad".

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